Viaje
VIAJE
Basta una hora larga en coche para recorrer de punta a punta la tierra donde nacieron Pitágoras y Epicúreo. En la isla griega de Samos, la vida pausada semillero de sabios sigue reinando aunque en sus hoteles y restaurantes ahora se registre gente corriente como yo o celebridades menos dedicadas al estudio. Aquí el mar está siempre a un paso y Turquía a unas cuantas brazadas a nado. Al atardecer, una solitaria carretera te adentra en la montaña hasta una zona de secarral, entre escasos pinos y olivos, desde donde contemplar el esplendor de la vida en el Asia menor, miles de lucecitas de colores, luciérnagas sobre el azul turquesa del estrecho de Micala. Pero la memoria fotográfica, siempre a su bola, me la juega y tira de otro flash al repasar mi último viaje. Es de ese mismo lugar cuando cae la noche. Zervou es entonces una repentina aparición, un fogonazo de luz fría en esta ardiente colina con miras panorámicas al paraíso. Está aislado, en medio de la ruta de unión de dos deseables recreos, uno a orillas del mar y otro en la montaña: la playa de Mykali y el mágico cine al aire libre en Mitilinii. Con tan potentes focos y teniendo en cuenta ese contexto, Zervou, de lejos, podría ser un parque de atracciones. Pero a la carretera no llegan decibelios de música, altavoces y alegre maquinaria. Está en completo silencio, cercado, vigilado por muchos kilovatios y guardias, como un campo de concentración. En el interior de su poblado prefabricado viven sin fecha de salida miles de personas entre niños y adultos, todos inocentes. En la oscuridad, el centro de refugiados de Zervou es una representación del limbo olvidado de los justos, de uno más, aquí, en la tierra.

