Garbanzo
GARBANZO
Este irresistible delincuente sedujo a una joven muy joven y muy rica y la dejó embarazada. El padre de la chica acabó muriendo del disgusto, pero antes organizó y aseguró el aborto. Ella se deshizo así del sinvergüenza que la fecundó y de su fruto. Tan inocente joven siguió siendo muy joven y ahora también muy rica heredera. Sus riquezas procedían de una estirpe de políticos y potentados jurisconsultos de la capital, de esos que legislan siempre a su favor, todos muy de derechas y muy oportunistas. Tiempo atrás habían apoyado a una gobernante igual de aprovechada, aunque con cabeza de chorlito. Promulgó por ejemplo la ley a favor de los ‘nasciturus’. Cuando sucedieron los acontecimientos aquí inventados, los concebidos no nacidos eran no solo miembros de la unidad familiar sino ciudadanos con todos los derechos: al diminuto embrión, con la misma talla y obligaciones de un garbanzo, se le consideraba incluso un heredero a todos los efectos. Aupado por un abogado bribón, aquel canalla, insensible inseminador, demandó a la joven muy joven y muy abortista por haber privado de un mareante montón de millones y propiedades al futuro bebé y, por consiguiente, a él mismo. Y créanme que los demandantes ganaron, que gracias a la maraña legislativa los muy pillos pillaron.
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